Cómo el liberalismo puede ayudar a los pobres

El siguiente es un artículo escrito por Matt Zwollinski, profesor de filosofía de la Universidad de San Diego,  en el cual desde un punto de vista libertario aborda el tema de la pobreza, el artículo fue publicado originalmente en el site del Partido Liberal Libertario:

Todo el mundo sabe que los liberales libertarios son codiciosos capitalistas que están a favor de maximizar las ganancias por sobre todas las cosas. “El impuestos es un robo” se  quejan ellos, pero la explotación a las clases trabajadores no les genera un escándalo moral similar. Los libertarios, todo el mundo sabe, sólo se preocupan por los ricos en detrimento absoluto de los pobres y vulnerables.

Pero todo el mundo está equivocado.

La razón de esta idea, falsa, por supuesto, surge de la oposición de los liberales a las políticas de gobierno que comúnmente se piensa que benefician a los pobres y a las clases más bajas. Los liberales libertarios se oponen a los impuestos redistributivos, se oponen al salario mínimo, se oponen a las regulaciones de seguridad laboral, a las leyes antimonopolio, y muchas otras restricciones sobre las empresas. Pero nada de esto significa que los liberales sean indiferentes a la situación de los pobres. Después de todo, cuando te preocupa algo no quiere decir que querés que el gobierno se haga cargo de eso.

La gente comete tres errores importantes a la hora de pensar en el liberalismo y los pobres.

El primer error es creerle al gobierno cuando afirma que sus políticas están destinadas a ayudar a los pobres. Casi nunca lo están. La mayor parte de las medidas redistributivas y subsidios benefician a los grupos de interés que tienen poder político, no a los económicamente vulnerables. La mayoría de las regulaciones al mercado son, paradójicamente, para el beneficio de las propias empresas. Regular eleva el costo de hacer negocios, y de esa manera establece barreras de entrada que benefician a las grandes empresas existentes a expensas de sus competidores de menor tamaño. Las licencias, por ejemplo, ya sean para médicos, abogados o taxistas, nunca son forzadas contra una industria que rechaza su implementación por parte de los reguladores. Más bien, son activamente buscadas por los miembros ya establecidos de la profesión, ansiosos de aislarse de potenciales competidores. Y los políticos están siempre dispuestos a atender esos intereses de los económicamente poderosos. Los liberales, en contraste, creen en los mercados libres, y los mercados verdaderamente libres son los enemigos de las grandes empresas.

El segundo error es confundir intenciones con resultados. Incluso si las políticas gubernamentales estuviesen destinadas a beneficiar a los pobres, tendríamos buenas razones para predecir que fracasarán. Las buenas intenciones suelen producir consecuencias indeseadas. El aumento de las normas de seguridad en los aeropuertos puede llevar a más familias a viajar por un método mucho más peligroso, como es conducir, y así dar lugar a un mayor número de muertes. Las leyes que limitan los aumentos de precios en artículos de primera necesidad luego de algún desastre natural llevan a que menos de esos productos se ofrezcan en el mercado y la gente tenga que sufrir aún más sin ellos. Los rescates y créditos del gobierno a empresas ineficientes alientan a que más empresas sean ineficientes. Consecuencias perversas de este tipo nos sorprenden, pero no deberían. La sociedad es un sistema dinámico y complejo. Los políticos carecen tanto de los conocimientos como de incentivos para hacerle frente a los problemas que surgen en ella de manera eficaz. Los liberales proponen tratar con esos problemas descentralizando la toma de decisiones a los individuos, que son libres de tomar decisiones basadas en sus conocimientos, y sus circunstancias particulares. Los individuos y las empresas deben aprovechar los beneficios de las buenas decisiones, y pagar los costos de sus propias decisiones, cuando éstas no son buenas.

El último error es pensar que la preocupación por las regulaciones y los impuestos son el único rasgo que define al liberalismo. Al liberalismo le importa la libertad individual, y mientras que la libertad económica es una parte de ella, no lo es todo. Es cierto que los liberales creen que una mayor libertad económica beneficiaría a los pobres, pero muchas de sus reformas no económicas tendrían un impacto aún mayor. Poner fin a la guerra contra las drogas, por ejemplo, beneficiaría de forma desproporcionada a las familias pobres que viven en barrios destruidos por la violencia de las bandas creadas por la criminalización de las drogas, o a aquellos que carecen de recursos financieros y sociales para mantener a sus hijos fuera de la prisión por delitos cómo la tenencia simple.

Finalmente, los libertarios son prácticamente únicos en el espectro político por su coherencia a la hora de defender la libre circulación de bienes, pero también de personas, la inmigración. La preocupación por los pobres no debe detenerse en las fronteras de una nación, una de las maneras menos onerosas (y más efectivas) que podemos hacer para ayudarlos es aceptarlos cuando buscan un mejor trabajo, y calidad de vida, en nuestro país.

Los debates acerca de las políticas y la pobreza muchas veces recaen en discusiones entre los que favorecen la responsabilidad personal por un lado, y aquellos que favorecen el asistencialismo estatal para los más necesitados en el otro. Pero si la ayuda estatal efectiva es una quimera, entonces esta opción es falsa. En efecto, si el poder del Estado se utiliza casi siempre para servir a los poderosos a expensas del los pobres, entonces nuestra verdadera elección es clara. La manera más efectiva que podemos ayudar a los más vulnerables es dejar de hacerles daño. Podríamos deberle más, pero lo primero y más importante que le debemos a los pobres es la libertad.

Matt Zwolinski es profesor asociado de filosofía en la Universidad de San Diego. Esta nota fue publicada originalmente en The Daily Caller (http://www.dailycaller.com) y es republicada con autorización.